Creo que llevo un año en las capas superficiales de la vida. Nada duele de verdad y consecuentemente, nada alegra de verdad. La felicidad superficial se disfruta más que pesan los dolores ligeros, así que el balance es bueno... pero irreal. Como haber vuelto a una burbuja, a la cueva primordial donde es todo luz tenue y calor templado.
Romances pasajeros, con intensidad que no rompe por dentro y heridas de las que desembarazarse apretando el paso. Donde no me importa si te quedas o te vas.
Pienso a veces que solo tengo algo real, y es una bolsa debajo de la cama con decenas de recuerdos. Si la abro por error (o por idiota) se esfuman las dudas. Cuando he pensado que me había insensibilizado, que el cinismo era ya parte de mí, me ha bastado con abrirla para sentir el arañazo por dentro, el dolor de verdad. Cierta alegría masoca, de estar vivo. La pena es que acto seguido pierdo los colores, las ganas y todo lo demás. Ya ni me apetece jugar.
Suma y sigue
jueves, 24 de diciembre de 2015
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