Me tengo por persona agradecida. Salvo por empane personal, intento siempre demostrar que aprecio cualquier actitud positiva hacia mí, me educaron así y creo que es una actitud que todo el mundo debe tener. Sin embargo hay veces que te sale de forma como mecánica, sabes que tienes que dar las gracias, y las das. Pero otras...
Hoy he vuelto a mi instituto a ver la graduación de mi hermano pequeño, justo 5 años después que la mía. Vagabundeando por los pasillos, absorbiendo antiguos recuerdos... las taquillas, las escaleras donde me senté a hablar con cierta persona, las ventanas por las que tirábamos aviones. Los pasillos, las clases. En mi deambular he asomado la cabeza a un despacho y me he encontrado con mi profesor de matemáticas de entonces, de los más duros y de los que mejor me preparó. Persona seria y formal... y la sonrisa de oreja a oreja que tenía cuando le he contado cómo me había ido este tiempo no ha tenido precio.
Ya cuando me despedía me ha dado un impulso. No soy yo de impulsos, pero no he podido evitar girarme y decirle que gracias por todo. Ese agradecimiento me ha brotado bien profundo, y bien fuerte. Creo que ha sido de los más sinceros que he dicho nunca.
Realmente creo que hay pocas cosas más significativas en el desarrollo de una persona que haber tenido buenos profesores. Y me da rabia lo mal que lo van a tener que pasar por nuestro país de chorizos e irresponsables. Supongo que agradecer su labor es lo menos que podemos hacer.
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Un buen profesor vale oro!
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